Voy por la calle y un pequeño escozor me inunda. Siento algo molesto entre mis gluteos, algo que me agobia y perturba mi caminar. Intento que mis pasos sean mas rápidos para que el roce de mis nalgas me alivie.
Sutilmente agarro la goma de mis braguitas y la muevo un poco. Inútil.
Acelero más mi paso si cabe, para que el movimiento de mi faldita me alivie. Inútil.
Sigo caminando, y aquello empieza a atormentarme. Una gota de sudor resbala por mi frente. Una señorita como yo no debe rascarse el pompis en público.
No lo soporto más.
Visualizo la calle y veo un portal con una entrada galante, en arco y con unos adornos de piedra exageradamente estrambóticos para mi gusto. Me asomo al interior, no hay nadie. Me situo con el pompis para dentro, sonriendo al mundo. Meto mi mano debajo de la parte trasera de mi falda y a su vez debajo de mis braguitas. Mmmmmmmm, rebusco el punto 0 de mi pesadilla y rasco, mmmmm.
No hay mayor placer que el de rascar el picor y yo intento no demostrar el gusto que mis limitadas uñas me estan dando. Cuendo he satisfecho dicha necesidad, resitiuo mis braguitas, mi faldita y me dispogo a seguir caminando. Me giro para reflejarme en el cristal del portal, para mirar si estoy bien recompuesta, cuando me encuentro a un matrimonio de avanzada edad que se disponían a abrir la puerta. Sus caras lo decían todo. Fueron testigos de mi placer, del placer de rascarme el culo.